Capítulo 1: Rutina (4)

Abril 15, 2008

El martes por la mañana, cuando Andrés lleva una hora en la oficina, aparece su gerente y le dice que tiene un posible proyecto para él, que tiene que ir por la tarde a la Avenida Diagonal, frente al centro comercial ‘la Illa’. Se trata de un proyecto en .Net en una importante editorial, lo que estaba esperando.

Andrés empieza a repasar sus conocimientos de .Net para poder afrontar la entrevista. En ocasiones los entrevistadores se hacen acompañar por algún técnico que hace preguntas a los consultores externos para comprobar que realmente tienen los conocimientos que aseguran sus jefes. En su último proyecto estuvo trabajando con PL/SQL, un lenguaje que esperaba no tener que volver a utilizar y que se vio obligado a refrescar.

Dos horas más tarde le visita Vicente, un compañero con el que ha trabajado en alguna ocasión.

- Hola. ¿Qué haces por aquí? - dice Vicente ofreciéndole la mano.

- Llegué ayer, se acabó el presupuesto en el anterior cliente y estoy a la espera de proyecto. ¿Y tú que tal?

- Yo hace una semana y media que estoy aquí. Estoy en la cuarta planta. Vengo de hablar con Gustavo y me ha hablado de una entrevista para esta tarde en la Diagonal.

- ¿En una editorial? - Vicente asiente - Es lo mismo que me dijo a mi antes.

- Mira, por ahí viene.

- Andrés, cambio de planes. - Dice Gustavo sin saludo previo. - Como sabes, estamos en contacto con varios clientes y acabamos de cerrar un acuerdo. Vicente irá a la entrevista de la editorial y tu empiezas mañana en Rilda. Ya te conocen y prefieren que vayas tu. ¿Cuánto hace que estuviste?

- Hace un año y medio o dos. Me pasé allí ocho meses y me alegré de poder salir. Está fuera de Barcelona. Ya sabes que quiero trabajar en la ciudad, llevo meses fuera.

- Tranquilo, será por poco tiempo. No siempre salen proyectos en Barcelona. Tienes que estar contento, te han pedido expresamente, eso quiere decir que les gusta como trabajas.

La vaga chispa de alegría por la entrevista en un cliente de Barcelona, se desvanece rápidamente. Rilda está a 20 kilómetros de Barcelona, junto a la Universidad Autónoma, en Bellaterra. En los alrededores no hay nada, hay que ir en coche a todas partes y la caravana de la mañana es la misma que ha estado sufriendo hasta el viernes anterior. Para empeorar las cosas, no hay dónde comer, hay que llevarse la comida de casa en un tupper. Al menos en la fábrica le daban de comer gratis y cobraba media dieta. Aquí, al estar a menos de 25 kilómetros no le pagarán dietas, únicamente el desplazamiento.

El recuerdo de la entrevista del día anterior le hace desear que le llamen pronto y pueda cambiar de empresa. No le apetece nada volver a Rilda.

A la mañana siguiente, el despertador suena a las 6:30. Bajo el agua de la ducha decide que como hace buen tiempo, irá en moto hasta el cliente. No le apetece volver a formar parte de la caravana matinal y, al fin y al cabo, esta vez va más cerca.

El aire fresco de la mañana le golpea la cara por la abertura del casco. Cierra la visera y acelera su Honda SH de 125cc. No es una moto muy grande y no le gusta demasiado ir por autopista con ella, pero con la cantidad de coches que hay, tampoco podrá adelantarle nadie muy deprisa.

Llega al final de la Gran Vía, pasa junto al centro comercial Glorias y sigue hacia la salida de Barcelona por los carriles recién soterrados por debajo del nivel de la calle. Por fin acabaron unas obras eternas para eliminar el gran impacto acústico sobre los edificios colindantes. Entra en la Ronda Litoral en sentido Norte y, antes de llegar al carril de incorporación, los coches ya están parados. Comprueba que no venga ninguna moto por detrás y pasa al arcén para adelantar a los coches.

Barcelona está circunvalada por una carretera de dos carriles por cada sentido, que tiene numerosas salidas que van a la ciudad o a las poblaciones vecinas, para evitar tener que atravesarla de una punta a la otra como antaño. Aunque en realidad es una única carretera, se divide en dos para denominarla. Se llama ‘Ronda de Dalt’ a la que circula por la parte del interior y ‘Ronda Litoral’ a la que circula por la parte de Barcelona que da al mar.

Andrés se incorpora con la moto a la ronda por un hueco entre un todo terreno y un camión. No permanece mucho detrás del todo terreno y se mete en el estrecho pasillo que queda entre dos carriles de vehículos parados. Acelera y disfruta de su poder de atravesar la caravana.

Sabe que tiene que estar atento, todas las semanas ve restos de algún accidente en el que, demasiado habitualmente, alguna moto se ha visto implicada.

A una velocidad de unos 50 kilómetros por hora, tiene que ir moviéndose ligeramente entre los coches para evitar a los que están desplazados hacia un lado y le cierran el paso.

Circula por este pasillo entre carriles cuando se encuentra con un camión en el carril de la derecha y un coche desplazado del centro del carril izquierdo que le impide pasar. Frena y espera que la caravana se ponga en movimiento para conseguir un hueco por donde pasar.

El camión exhala su fétido aliento por el tubo de escape. Andrés tiene que aguantar la respiración para no acabar intoxicado. El aire es irrespirable. Por fin se mueve el carril de la derecha, logra superar al coche desplazado y después al camión. Una vez ha pasado, respira de nuevo. Aunque se ha alejado del camión, el aire está enrarecido por tanto vehículo parando y arrancando continuamente. Hasta que abandone la ronda y pueda acelerar un poco por la autopista, no podrá respirar aire un poco más fresco.

De repente, un coche del carril derecho cambia al izquierdo sin indicación alguna, con un gesto brusco para aprovechar un hueco entre dos coches que se produce durante un instante de distracción del conductor de atrás.

Andrés lo ve justo a tiempo y frena con fuerza con los dos frenos a la vez, presionando más el freno trasero que el delantero para evitar bloquear la rueda delantera. Consigue frenar y meterse a la derecha entre el hueco dejado por el coche que acaba de girar y el que iba detrás de éste. Al pasar por su lado, presiona el botón de la bocina con el pulgar de la mano izquierda y le regala un insulto. No puede evitar mirar por el retrovisor izquierdo para ver la cara de su posible asesino. Únicamente alcanza a ver un rostro molesto y un gesto obsceno de una mano. Siempre igual, cometen imprudencias y no lo reconocen. Andrés es de la opinión que los conductores de coche deberían aprender a convivir con los motoristas en una ciudad que supera los 250.000 usuarios de este tipo de vehículo. No pueden ni imaginarse el caos que se produciría en la ciudad si estas personas cambiasen la moto por el coche. Sería imposible circular.

Por fin llega a la autopista y sigue adelantando coches en el espacio que queda entre dos carriles. Llega un momento en que se despeja un poco el tráfico y se coloca en un carril detrás de un coche. Cuando el resto de vehículos van a 70 km/h o más, le parece innecesario correr el riesgo de ir entre los coches.

Al llegar a la salida de la C-58 que permite el acceso a la autopista A-7, se desvía y, en la siguiente salida, Bellaterra, se dirige hacia su destino. Sortea un par de rotondas más y llega a los terrenos del cliente.

Una vez aparcada la moto, se dirige a la garita de seguridad y pregunta por el responsable de desarrollo del Departamento de Informática. Mientras le entregan una tarjeta de visitante, le da tiempo a Sofía para llegar a la entrada a buscarle.

- Bienvenido Andrés. Cuánto tiempo sin verte.

- Hola Sofía, aquí estoy de nuevo. ¿Cómo va todo?

- Por aquí sigue todo igual, ya lo verás.

Se encaminan a uno de los edificios del complejo, formado por ocho edificios de tres plantas distribuidos entre jardines y caminos de acceso. Andrés no puede evitar recordar todos los días que hizo ese mismo camino. Tanto en verano, como en invierno. Bajo el sol y bajo la lluvia. También recuerda la sensación de alegría del día que salió de allí. Aquel día pensaba que era para siempre, pero no fue así. Ahí está de nuevo.

Al entrar en el edificio ocupado por el Departamento de Informática, se encuentra con el mismo despacho y las mismas caras que dejó atrás hace un año y medio.

Las puertas están pintadas de un verde llamativo. Las sillas, los letreros indicativos, las carpetas y libretas son del mismo color. Incluso las corbatas de algunos empleados son de ese horrible color seleccionado por algún iluminado del departamento de marketing.

Uno a uno va saludando a sus antiguos compañeros. No están todos los que recuerda y hay nuevas caras. Después de los saludos y de las preguntas sobre dónde ha estado, le llevan a su sitio y lo dejan a la espera de instrucciones.

Más tarde empieza a llegarle información que consultar, luego algo de trabajo y, al cabo de unas horas, ya le parece que nunca salió de allí. Se trata de un trabajo de mantenimiento de aplicaciones existentes. No tiene que crear nada nuevo, únicamente resolver incidencias de aplicaciones que ya están en funcionamiento y que fallan en algún punto.

A la hora de comer suben a la cafetería. Es una gran sala con máquinas expendedoras de refrescos, cafés, chucherías y bollería. Hay una fila de seis microondas bajo una gran televisión encendida. El grupo de externos ocupa una mesa entera de ocho plazas. Calientan su comida en sus recipientes de plástico y se sientan a comer. En la televisión se puede ver un capítulo de los Simpson, repetido innumerables veces.

Otras personas ocupan las mesas contiguas, algunas con polos verdes de la empresa. Conversan de cómo las cosas siguen igual. Entre sus compañeros está Ernesto, que tenía que irse una semana después que él la última vez que lo vio, pero al que le fueron alargando la salida hasta el olvido. Un individuo se acerca y saluda a Albert, otro de sus compañeros de empresa. Hacen unos comentarios graciosos y el visitante se aleja de nuevo.

Una sensación de ‘deja vu’ se apodera de Andrés. Todo eso ya lo había vivido. Creía haberse alejado, pero de nuevo está allí, con el color verde por todas partes, con los horribles recipientes de plástico con comida, con los mismos capítulos de los Simpson en el televisor, con el tipo gracioso que se acerca a Albert. Nada ha cambiado y él está atrapado allí.

Andrés no tarda en caer de nuevo en la rutina. De nuevo levantarse pronto, luchar con el tráfico, hacer un trabajo que no le aporta nada y volver a casa sin muchas esperanzas de cambio. En este tipo de empresas se sabe cuándo se empieza pero no cuándo se acaba. Ya le ha pasado otras veces. En una empresa de telecomunicaciones iba para dos meses y estuvo dos años.

Aunque Andrés intenta siempre dejar a un lado el trabajo al llegar a casa, Ingrid puede notar que no está muy animado. En un intento por mejorar su humor, Ingrid propone que salgan a cenar fuera. Van andando hacia el Borne, a un cuarto de hora de su casa. Es una zona de moda con gran número de restaurantes y locales de copas. Ya es viernes, así que habrá mucho ambiente.

Este barrio se encuentra en la parte antigua de la ciudad, entre la Vía Laietana y el parque de la Ciutadella. Contiene varios edificios históricos, antiguos palacios y calles estrechas de aire medieval. Uno de sus edificios emblemáticos es el antiguo mercado formado por una impresionante estructura metálica. El cierre del mercado y la poca utilización de la cercada Estación de Francia, hicieron que el barrio perdiese visitantes y se degradase económicamente. Hace unos años empezaron a instalarse artesanos y pequeños diseñadores que le dieron un aire bohemio. Empezó el interés por el barrio y subieron desorbitadamente los precios de los locales de alquiler por un supuesto resurgimiento del barrio comercial que no llegó a producirse. Aunque la vida nocturna con bares y restaurantes es muy activa, el comercio diurno no triunfa y se pueden ver gran cantidad de locales en traspaso por no poder pagar los elevados alquileres.

Andrés e Ingrid recorren el Paseo del Borne en dirección a Santa Maria del Mar. Antes de llegar a la iglesia, giran a la derecha  por la calle Montcada, donde se encuentra el Museo Picasso, siempre rodeado de innumerables turistas. Dejan rápido esta calle girando a la izquierda y se encuentran detrás de la iglesia, en la calle Sombrerers. Es una calle menos transitada por la que llegan a un restaurante que hace esquina. Se trata de Petra, un local pequeño pero encantador al que les gusta volver de vez en cuando. La carta está pegada en una botella como si fuese su etiqueta. Pasan la velada disfrutando de la cena, del vino y de la compañía mutua. Cuando salen, Andrés no se acuerda de su trabajo, Ingrid ha conseguido quitárselo de la cabeza.

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