Capítulo 1: Rutina (5)

Abril 17, 2008

Por desgracia, llega el lunes y con él la vuelta al trabajo. Andrés empieza de nuevo a estrujarse la mente en busca de una idea de negocio que le permita apartarse de ese mundo que detesta, pero la idea se resiste a llegar y empieza a resignarse ante su destino.

A las once, Andrés se encuentra frente a su ordenador, resolviendo una incidencia sobre una aplicación que él no ha programado pero de la cual le han hecho responsable. Bucea entre un código bastante mejorable en busca del error que le ha aparecido al usuario, depurando paso a paso para localizar el punto donde se produce la excepción.

En ese momento suena su móvil. Lo extrae del bolsillo izquierdo del pantalón mientras se levanta para ir al pasillo. Da por hecho que es Ingrid, prácticamente la única que lo llama al trabajo.

Cuando mira la pantalla ve que se trata de un número privado. Quien le llama no quiere dejar su número a la vista.

Contesta esperando una equivocación pero reconoce la voz que le habla al instante. Se trata de Marco.

- Buenos días, Andrés. ¿Puedes hablar un momento?

- Buenos días, Marco. Claro, claro.

- Quiero decirte que nos gusta mucho tu perfil y que queremos hacerte una oferta. ¿Cuándo podríamos vernos?

- Cuando quieras a partir de las seis y media porque estoy fuera de Barcelona.

- ¿Qué te parece si quedamos a las siete en la Vila Olímpica? Nos tomamos una cerveza y hablamos.

- Perfecto.

- Entonces nos vemos frente al Hotel Ars a las siete. Ciao.

- Adiós, gracias.

Siente un ligero temblor de manos al guardar el teléfono móvil. Ya pensaba que habían descartado su candidatura. No se atreve a alegrarse demasiado hasta oír la propuesta.

Al llegar a su puesto le envía un email a Ingrid informándole de su cita. Ella le felicita y le desea suerte de nuevo.

El día pasa lentamente, alargando los minutos al máximo. Le cuesta concentrarse en la incidencia sobre la que está trabajando, dejando volar su imaginación hacia el desenlace de la entrevista de la tarde. Por fin llega la hora y Andrés parte hacia Barcelona en su moto.

Va directamente hacia la Vila Olímpica y llega un cuarto de hora antes de lo convenido. Aparca la moto y da un paseo mirando el reloj a menudo.

Toda esta zona se hizo nueva para los Juegos Olímpicos de 1992, recuperando las playas, creando un puerto deportivo, parques, viviendas particulares y edificios de oficinas, entre ellos, las dos torres de 127 metros cada una, directamente frente al mar. Esta actuación permitió abrir la ciudad al mar, ofreciendo a los ciudadanos una zona donde practicar deportes náuticos y terrestres, así como un lugar de esparcimiento junto al puerto deportivo, con restaurantes, bares y discotecas.

A las siete menos cinco, Andrés ya está frente al Hotel Ars, al pie de la alta torre. Cuando la construyeron pensó durante un tiempo que seguían en obras en la torre del hotel debido a la estructura metálica que la recubre por el exterior. Con el tiempo se convenció de que ese era su aspecto final, totalmente distinto al de la otra torre construida a escasos metros de distancia, más clásica.

Enseguida llega Marco con un impecable traje gris del mismo color de sus ojos, camisa blanca y corbata azul eléctrico. Una blanca sonrisa ilumina su rostro.

- Hola Andrés, me alegro de verte.

- Hola Marco.

- Ven, quiero enseñarte una cosa.

Cruzan la calle hacia la otra torre y bajan las escaleras que conducen al puerto y a los bares que lo rodean. Andrés cree que se dirigen a uno de los bares para sentarse en una terraza, pero Marco los pasa de largo y sigue hacia los barcos amarrados.

- ¿Te gustan los barcos? - Pregunta Marco.

- Me encantan. He practicado un poco de vela, pero ahora hace tiempo que no lo hago. Aquí mismo, en el Centro Municipal de Vela hice unos cursos de vela ligera.

- Los barcos son mi pasión. Tengo aquí el mío. Es un 12 metros, se llama Carla, como mi exmujer. Ha resultado ser más fiel que la original.

Andrés no sabe qué decir, así que prefiere mantenerse en silencio.

- Aquí está. Sube, sube. Voy a abrir. Siéntate en la bañera, junto al timón. Bajo el asiento derecho están los cojines.

Andrés sube a un precioso barco de casco azul y cubierta blanca. El Alto mástil se balancea suavemente con el movimiento del mar, con la vela plegada y sujeta a la botavara.

Después de abrir la portezuela, Marco desaparece en el interior del barco durante unos minutos. Cuando aparece de nuevo, lo hace con dos cervezas Heineken en la mano derecha. Andrés ya ha colocado los cojines en los asientos y espera junto al timón, admirando el barco.

- Toma. ¿Quieres un vaso?

- Así está bien, gracias. Es un barco precioso. ¿Navegas mucho?

- Menos de lo que me gustaría, la verdad.

- Es una lástima.

Sentados en la popa del barco, bajo la botavara, Marco mira fijamente a Andrés como si lo estuviese evaluando. Andrés se siente observado y se mueve en el asiento, un poco inquieto.

- Supongo que has hecho otras entrevistas últimamente. Normalmente te deben preguntar cuánto quieres cobrar para asegurarse que no te ofrecen más de lo que pretendes.

- Así es.

- Yo no voy a hacer eso. Te voy a dar una cifra y si estás conforme hacemos un trato. No es negociable.

- Adelante.

- Estamos interesados en que pases a formar parte de nuestra empresa lo antes posible. Te ofrecemos un proyecto muy atractivo, mucho trabajo y un gran futuro si demuestras tus aptitudes. Esperamos de ti dedicación e implicación en todos los niveles. No queremos en absoluto que renuncies a tu vida personal. Cumple con tu trabajo dentro del horario y disfruta de tu vida.

- Me parece justo.

- Bien, te ofrezco un sueldo anual bruto de 60.000€ para empezar. Si cumples con las expectativas que tenemos puestas en ti, ese sueldo se incrementará considerablemente.

- Es una buena oferta.

- Mejor de lo que esperabas, supongo. Nos gusta cuidar a nuestros empleados, siempre que se haga un buen trabajo. Qué dices, ¿aceptas o tienes que pensarlo?

- Acepto. No hace falta que le dé muchas vueltas cuando ya estoy convencido de hacerlo. Me apetece cambiar y el trabajo que me propones es muy atractivo. Por no hablar de la retribución económica.

- Me alegro mucho de oír eso. Bienvenido entonces. ¿Cuándo puedes incorporarte?

- Después de los quince días que marca la ley. Mañana mismo entregaré la carta de dimisión.

Después de despedirse de Marco, se dirige feliz hacia casa deseando contarle a Ingrid lo sucedido. Cuando está a punto de llegar, decide desviarse de su camino y se dirige a la calle Valencia con Bruc para comprar un ramo de flores en la floristería Navarro.

Una dependienta le pregunta si puede ayudarle, al ver un poco perdido al nuevo cliente, entre tantas flores.

- Quiero un ramo de flores. Me gustaría algo con estas de aquí - dice señalando un cubo con unos pomos de flores.

- Son tulipanes. ¿Qué color te gusta, cariño? - Tiene acento cubano o dominicano, no logra distinguirlo. La piel la tiene de un color ligeramente tostado y su mirada es cálida y picarona.

- Me gustan los blancos que no están tan abiertos. ¿Con qué otro color combina bien? - Responde Andrés un poco azorado por el trato y la mirada de la dependienta.

- El blanco combina bien con todos los colores. Sobre todo con el negro. - Una sonrisa cómplice se dibuja en su rostro. Andrés no puede evitar sonreír.

- Creo que estos anaranjados me gustan. ¿Hace falta alguno más?

- Con dos tipos es suficiente, sino quedará demasiado recargado. ¿Son para la novia o para la mamá?

- Pues son para la novia. - Dice Andrés temiendo romper el encanto.

- ¡Ah! ¡Para la novia! - Responde la dependienta, jugando al desengaño.

Mientras paga, le preparan el ramo y lo meten en una bolsa para poder llevarla en la moto.

Cuando llega a casa, llama al timbre y esconde el ramo tras la espalda. Cuando le abre Ingrid le entrega el ramo y le da un apasionado beso. Ingrid está sorprendida pero encantada.

- ¡Vaya! ¿A qué se debe esto?

- La entrevista ha ido muy bien. Me han hecho una propuesta muy buena y he aceptado.

- ¿No tienes ni que pensarlo un poco?

- Ya sabes que estoy harto de la consultoría y me han ofrecido 60.000€.

- ¡Eso es mucho dinero! Me alegro mucho.

Las dos semanas pasan lentamente, Andrés ya no le ve sentido a su trabajo y únicamente espera poder empezar en la nueva empresa.

No fue fácil su charla con Gustavo al entregarle la carta de dimisión. Intentó retenerlo con la retórica de los comerciales, con la justa medida de alabanzas y de promesas. Incluso la de una revisión de salario. Pero Andrés no le permitió seguir adelante. Una vez tomada la decisión, no le sería fácil volver atrás.

Su despedida fue cordial porque no le gusta cerrar puertas tras de sí. Nunca se sabe si se cruzará con Gustavo en el futuro. En otra empresa quizás.

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