Capítulo 2: Ilusión (6)
Abril 21, 2008
Al día siguiente, después de tomar un café con Marta y comentar lo impresionante de las instalaciones del CPD Catllarás, Andrés vuelve a su puesto y continúa con su tarea con gran dedicación.
Al cabo de una hora, empieza a notar un leve pitido en los oídos que va incrementándose rápidamente hasta que se le hace insoportable. Intenta incorporarse pero siente cómo se marea y se le nubla la vista. Finalmente se desmaya sobre el teclado, rebota y cae al suelo con gran estrépito.
Varios compañeros acuden en su ayuda, entre ellos Marta que le mira con preocupación.
- Andrés, Andrés, responde. ¿Me oyes? Vamos a sacarlo de aquí a un sitio más abierto donde pueda respirar. ¿Alguien ha avisado al médico?
- ¿Qué ha pasado? - Pregunta Andrés abriendo los ojos.
- Te has desmayado, ¿no te acuerdas?
- Noté un pitido muy fuerte. Ya no recuerdo más.
- Vamos, te llevaré a urgencias.
- No hace falta, ya estoy bien.
- De eso nada, tiene que verte un médico.
Desde un monitor, dos hombres contemplan lo sucedido a través de las cámaras ocultas por toda la oficina.
- Esta vez nos hemos pasado. Podríamos haberle matado - Comenta Marco al hombre de tez morena.
- Necesitamos que aumente su capacidad de trabajo para lograr los objetivos. Lo sabes muy bien. Él puede soportarlo, ya viste los resultados de las pruebas que hicimos antes de contratarlo.
- Está empezando a sospechar. Ayer me preguntó cómo puede ser que tanta gente mejore su capacidad de trabajo.
- Todos pasan por esa fase, ya lo sabes.
- Está bien, pero intenta ir con más cuidado.¿Cómo va Marta?
- Está soportando muy bien la Fase 3, pronto podremos pasarla también a la Fase 2. Necesitamos que todos los individuos estén en Fase 1 antes de poner en marcha el sistema.
- Bien, sigamos así. Pronto incorporaremos al último de los individuos que necesitamos. ¿Qué tal la vigilancia privada?
- Marta no tiene pareja estable, únicamente relaciones esporádicas con hombres distintos. Andrés está teniendo serios problemas de pareja. La situación se está poniendo muy tensa. Cada noche discuten y no mantienen relaciones desde hace semanas. ¿Qué quieres que hagamos con su mujer?
- De momento nada, lo pensaré detenidamente.
- No tardes, tanta discusión puede afectar su capacidad de concentración en el trabajo. Mejor cortar por lo sano.
En urgencias de la clínica privada que cubre la póliza médica de la empresa, no han encontrado nada que pueda haber provocado los pitidos y el desmayo. Lo han atribuido al estrés y han aconsejado dos días de descanso.
Marta lleva a Andrés directamente a su casa. Detiene su pequeño utilitario delante de la portería y, sentados en el coche, se despiden.
- ¿Quieres que te acompañe hasta arriba?
- No gracias, estoy bien. De verdad, no ha sido nada. Mañana estaré en la oficina a primera hora.
- De eso nada. Descansa un par de días como te han dicho. Yo hablaré con Marco.
- Gracias por todo.
- Adiós. - Antes de que Andrés se aparte para abrir la puerta, Marta se acerca y le besa en los labios. Se aparta de él y le acaricia la mejilla mientras él abre la puerta y baja del coche.
Son las cuatro de la tarde cuando Andrés entra en casa y se estira en el sofá delante de la tele. Coge el mando y empieza a hacer zapping en busca de algo que ver. Pasa rápidamente los culebrones que hay en la mayoría de canales y deja un documental de viajes donde hablan de Dubrovnik, en Croacia.
Se relaja, liberando la mente, dejando que el locutor le relate los encantos de esta ciudad amurallada que mira al Adriático.
Sin darse cuenta, sus ojos se cierran y entra en un profundo sueño.
Se ve a sí mismo en su despacho, trabajando a una velocidad imposible, como si le hubiesen grabado y puesto en avance rápido. También aparece Marta, moviéndose tan rápido como él, hasta un instante en el que se acercan a velocidad lenta y ella le da un beso en la boca como hizo antes. Después vuelve la velocidad rápida, Marta sale del despacho y él empieza a oír el mismo pitido que por la mañana, cada vez más intenso. Se pone las manos sobre la cabeza. La tiene hirviendo, parece que le vaya estallar. Se nota palpitaciones en las sienes, los ojos parece que se vayan a escapar de las órbitas. Empieza a gritar. De repente, entra Ingrid en el despacho y empieza a gritar también: ¡Andrés, Andrés, qué te pasa!
En ese momento se despierta sobresaltado y ve a Ingrid delante de él que le mira asustada y le repite:
- Andrés, ¿qué te pasa? ¿Estás bien?
- Tenía una pesadilla. ¿Qué hora es?
- Son las siete y media. ¿Qué haces aquí a esta hora? Ya no llegas nunca tan pronto.
- Me desmayé en el trabajo y me dijeron que descansase.
- ¿Que te desmayaste?¿ Cuándo ha sido eso? ¿Porqué no me has dicho nada? Te hubiese ido a buscar.
- Me trajo una compañera de trabajo.
- ¿Has ido al médico?
- Sí, fui a urgencias. No tengo nada. Me dijeron que es estrés. Qué sabrán ellos. ¿Me das un poco de agua?
Ingrid va hacia la cocina y le trae un vaso de agua fría.
- Toma. ¿Cómo puede ser que te desmayes y no me llames en cuanto has ido al médico? Ya no confías en mi para nada.
- Todo fue muy rápido y no quise molestarte. Tienes mucho trabajo.
- Aunque no creo que tú lo entiendas, el trabajo no es lo más importante en la vida y si tú me necesitas lo dejo sin pensarlo para ir en tu ayuda. Antes tú también pensabas igual.
- Ahora no, por favor. Necesito descansar.
- Siempre dices lo mismo. Ahora no por esto, ahora no por lo otro y, al final, nunca resolvemos nuestros problemas. Ya no cuentas conmigo para nada.
- Yo te quiero, de verdad. Pero últimamente no podemos hablar sin discutir. No sé que nos pasa.
- Pues que tú has cambiado. Antes sólo deseabas trabajar en Barcelona para no perder tanto tiempo en el trayecto y poder hacer más cosas juntos. Pero ahora sólo piensas en trabajar. Incluso vas al trabajo en coche, cuando siempre has criticado a los que se mueven por la ciudad en coche y asegurabas que si pudieses irías en bicicleta.
- Tienes razón. Estoy cambiando. Me están pasando muchas cosas que no entiendo. Por ejemplo, podría seguir esta conversación en inglés sin ningún problema, cuando los dos sabemos que siempre he sido un desastre para los idiomas. En el trabajo logro proezas que nunca antes podría haber hecho.
- ¿De qué estás hablando? ¿Ahora hablas inglés?
Ingrid toma el mando del televisor y pulsa rápidamente el botón de avance de canales hasta llegar a la CNN.
- ¿Qué está diciendo?
- Nuevo ataque de grupos armados chiíes contra una oficina de reclutamiento de la policía iraquí. Dieciocho muertos en una nueva jornada sangrienta. Al Jazeera emite imágenes de los rehenes italianos retenidos desde hace dos semanas.
- Madre mía. ¿Cómo es posible? ¿Con unas cuantas clases en el trabajo?
- Te lo estoy intentando explicar. Ha aumentado mi capacidad de aprendizaje y de trabajo de una manera increíble desde que me cambié de empresa.
- ¿Eres el único al que le pasa?
- Tengo constancia de dos personas más.
- Entonces es que os están haciendo algo.
- Pero si solo nos dedicamos a trabajar.
- Ya me olía a mi mal esta empresa.
- Ya estamos otra vez.
- Tenemos que hacer algo. Llamaremos a la policía.
- ¿Porque me he desmayado y he aprendido inglés?
- No me digas que quieres seguir trabajando como si nada.
- Pues claro. No hay pruebas de que pase nada raro.
- Tampoco había armas de destrucción masiva en Irak y eso no impidió su invasión.
- Intentaré averiguar qué está pasando y si veo algo raro lo dejaré.
- ¿En serio?
- En serio.
Se abrazan y se besan como hace tiempo que no lo hacían. Agradecen la calidez que ofrece el cuerpo del otro abrazado al suyo. Se dirigen al dormitorio mientras se van desnudando ardientes de deseo.
- Llama a Marco - Dice el hombre de tez morena al operador que le ha avisado cuando la conversación de Ingrid y Andrés ha derivado hacia la empresa.
El operador le tiende el teléfono cuando tiene a Marco al aparato.
- Marco, tienes que decidir qué hacer con la mujer de Andrés. Se está enterando de demasiadas cosas.
- De acuerdo. Mañana actuamos.
Al día siguiente, Andrés aparece por la empresa a las once de la mañana.
- ¿Qué estás haciendo aquí? - Le pregunta Marta en cuanto le ve.
- Lo mismo pregunto yo - Dice Marco saliendo de su despacho. - ¿Porqué no estás descansando en casa?
- Ya estoy bien. No os preocupéis. En casa no sabía qué hacer y he decidido venir.
- No tienes remedio. Eres un adicto al trabajo. - Replica Marta.
- Bueno, quédate, pero al más leve indicio de cansancio te echo yo mismo de la oficina. - Dice Marco.
- Vale, vale.
De nuevo en su despacho, Andrés continúa su trabajo con renovada eficiencia, sorprendiéndose él mismo de sus progresos. ‘No sé qué me está pasando, pero es una sensación de poder que me encanta’. Piensa mientras trabaja.
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