Ingrid llega a su apartamento de Borredá al acabar el trabajo en el búnker. Se trata de uno de los tres apartamentos rurales del edificio llamado Can Pistola. Hay un apartamento en cada planta y suelen alquilarse los fines de semana a gente que quiere desconectar de la ciudad y pasar unos días en la montaña.

Ella ocupa el primer piso del edificio. Al llegar, se cambia de ropa, se sienta en el sofá y descansa un rato frente al televisor. Hace dos meses que no ve a Andrés. La última noticia es que está en Italia, dando soporte al nuevo arranque de Spiderweb. Suele llamarla una vez a la semana, pero su conversación es fría y distante, carente de ilusión. Le da la sensación que lo ha perdido para siempre.

Ingrid no sabe que cuando habla, Andrés repite mecánicamente lo que le inducen a decir, y algo que no pueden inducirle son los sentimientos ni la entonación. Los artífices de esta función tienen planeado provocar una ruptura en breve para zanjar el tema de una vez por todas.

A Ingrid le apasiona su trabajo y tiene acceso a información que ni sus superiores pueden imaginar ver. Al trabajar a tan bajo nivel con la máquina, puede saltarse algunos protocolos de seguridad que su rango no le permitiría sobrepasar.

Entre sus tareas, está la de controlar los terminales que acceden al superordenador, para comprobar su operatividad. Sabe exactamente cuántos hay, dónde están y los accesos que realizan, excepto ocho terminales que no deberían existir pero que están realizando transacciones con el superordenador durante las veinticuatro horas del día.

Sabe por los logs[1] de acceso que los usuarios utilizados para acceder a estos terminales son de máximo nivel, por lo que tienen acceso a toda la información que almacena el superordenador.

Esa misma tarde ha logrado localizar la procedencia de las transacciones de los terminales, estableciéndola en una zona del búnker donde se supone que no hay nada, simplemente rocas y tierra.

La curiosidad y las antiguas sospechas sobre la transparencia de la empresa, la impulsan a investigar dónde están esos terminales y quién los utiliza.

Al día siguiente, sale del despacho de los técnicos de sistemas y recorre los pasillos por los que tiene acceso investigando las puertas que no puede franquear. Existen tres puertas para las que no tiene acceso, pero únicamente una de ellas está en la zona en la que cree que están los terminales. Se supone que es un almacén y que no hay ninguna otra puerta que parta de él, pero Ingrid ahora está segura de que no es así.

Pasa el día con sus tareas cotidianas y pensando cómo podría entrar en ese almacén. Sabe que existe un programa en el superordenador que controla todos los accesos del búnker así como electricidad, luces, aire acondicionado y comunicaciones. Tras mucho pensar, llega a la conclusión que la mejor opción es acceder a ese programa y modificar sus permisos de acceso para poder entrar. Aunque hacer eso dejaría un rastro indicativo de que ella ha entrado en la estancia, por lo que decide que necesita una tarjeta de acceso que no sea la suya para modificar los permisos y utilizarla para entrar sin dejar rastro.

Para poder llevar a cabo su plan, crea un pequeño gusano, un sencillo software que se instala en el superordenador y que almacena los usuarios y contraseñas utilizados para acceder al programa de control. Lo deja instalado confiando que al día siguiente alguien habrá accedido al programa y habrá quedado registrado su usuario y contraseña.

La seguridad del búnker es estricta para entrar y para acceder a zonas restringidas, pero una vez en su puesto de trabajo, el personal acaba dejando las tarjetas sobre las mesas o en las chaquetas. Al día siguiente a primera hora, aprovechando esta dejadez, Ingrid se propone tomar prestada una tarjeta en una se sus visitas a la sala de control.

Al entrar en la sala, fija su objetivo en una de las mesas de la última fila, donde uno de los empleados ha dejado la tarjeta colgada de la solapa de la americana dispuesta sobre el respaldo de la silla. Reuniendo valor, se dirige hacia allí con unos papeles en la mano aprovechando un momento en el que el empleado va a hacer una consulta a otra mesa. Simulando la caída de uno de los papeles, se agacha y se guarda la tarjeta entre el resto de papeles mientras recoge los que ha dejado caer. Sorprendida de lo fácil que ha resultado, se marcha a su puesto de trabajo.

Al comprobar su gusano, descubre aliviada que alguien ha accedido y que ha conseguido obtener los datos que necesita. Sintiéndose observada por todos debido a su sentimiento de culpabilidad, entra en el programa de control y no le cuesta cambiar los permisos del empleado a quien ha robado la tarjeta para poder acceder a todas las estancias del complejo.

Decidida a llegar al fondo del asunto, se dirige hacia la puerta del almacén mientras observa si hay alguien cerca. Una vez ante la puerta, respira profundamente y pasa la tarjeta por el lector. El led de acceso pasa del rojo al verde y un zumbido indica que se ha abierto la puerta.

Ingrid abre la puerta, asoma la cabeza y al ver que no hay nadie al otro lado, pasa y cierra tras de sí. A simple vista, la estancia es un almacén como se suponía, pero al fondo hay una puerta que no debería estar ahí.

En todas las puertas hay una pequeña ventana a la altura de los ojos que permite ver el otro lado. Se asoma a la puerta que no debería existir y ve al otro lado un pasillo como el que acaba de utilizar para llegar al almacén. Vuelve a utilizar la tarjeta de acceso y esta puerta también se abre.

Poco a poco, se asoma al pasillo y observa que hay tres puertas cerradas. No hay ningún movimiento en el pasillo, todo está en calma. Se acerca sigilosamente a la primera puerta y puede ver dentro dos filas de literas, algunas de las cuales están ocupadas por gente durmiendo. Sigue hacia la segunda puerta, y ve lo que parece un comedor y una zona de entretenimiento donde alcanza a ver tres personas, un hombre y dos mujeres, leyendo en unos sofás.

Cuando está a punto de ir hacia la tercera puerta, ve que en el comedor hay otro hombre que no había visto y que se acerca hacia ella. Rápidamente retrocede hasta la puerta del almacén y consigue entrar justo antes de que se abra la puerta del comedor. Al observar desde su escondite se queda helada al ver que el hombre que ha salido del comedor y se dirige al dormitorio es Andrés.

Observa a su marido con mirada incrédula. Viste un mono blanco como el resto de personas de esa sección del búnker. Lleva el pelo bastante corto, en un corte de estilo militar. Su semblante refleja tranquilidad y las ojeras que había ido acumulando por falta de sueño en los últimos meses de intenso trabajo, han desaparecido.

Rápidamente, antes de que Andrés abra la puerta del dormitorio, Ingrid sale de su escondite y se dirige hacia Andrés. Sin mediar palabra, le coge la mano y lo arrastra hasta el almacén, donde cierra la puerta tras de sí.

- ¡Andrés! ¿Qué estás haciendo aquí? Me dijeron que estabas en Italia.

Andrés la observa con mirada desconcertada, como si no entendiese de lo que le habla.

- ¿Estás bien? Di algo. - Ingrid no entiende la falta de reacción después de tanto tiempo sin verse.

- No sé de qué me hablas. ¿Quién eres? Creo que te confundes de persona.

- ¡Pero qué dices! Soy Ingrid, tu mujer. ¿Qué te pasa?

- Lo siento pero ni me llamo Andrés ni tengo mujer. Si me perdonas, tengo que prepararme para ir a la sala de control dentro de diez minutos.

- No puede ser. ¿Qué te han hecho? ¿No recuerdas nada?

- Recuerdo que tengo trabajo que hacer. - Andrés intenta dirigirse hacia la puerta, pero Ingrid se interpone.

- Intenta recordar, Andrés. Soy Ingrid. ¿No te sueno de nada? Escucha, te han borrado la memoria. Te llamas Andrés Puig, tienes 32 años, informático. Hace unos meses cambiaste de trabajo y pasaste a ser empleado de Arli Tech. Te contrató Marco Andrali y trabajaste en el software de un nuevo gadget. Teníamos sospechas de que algo raro pasaba. Tenías más capacidad de aprendizaje y trabajo. ¿No lo entiendes? Te estaban haciendo algo con la mente y ahora te han quitado los recuerdos.

- No sé de qué me hablas.

- ¿A no? ¿Cuánto hace que estás aquí? ¿Dónde naciste? ¿Recuerdas a tus padres? ¿Qué estudiaste? ¿Has tenido alguna novia?

- Que yo recuerde, siempre he estado aquí. Aunque no me recuerdo siendo más joven.

- ¿Lo ves? Porque te han borrado la memoria.

- Tengo que hablar con el supervisor. Él nos aclarará todo esto.

- ¡De eso nada! Tenemos que salir de aquí. Luego iremos a la policía.

- Tu voz me suena de algo.

- Me has estado llamando por teléfono una vez por semana. ¿No te acuerdas de nuestras conversaciones?

Andrés se siente confuso. Le parece una locura lo que está diciendo esta mujer, no la recuerda en absoluto, pero le parece raro no recordar nada de su infancia, ni a sus padres. Realmente hay algo raro en todo esto.

Ingrid coge de la mano a Andrés y lo arrastra hacia la otra puerta. Observa el pasillo, que parece despejado, y tira de Andrés hacia los vestuarios. Entra en el vestuario de hombres comprobando que no hay nadie y busca algo que ponerle a Andrés. Consigue unos tejanos y una camiseta un poco grandes para él y le obliga a ponérselos rápidamente. Al salir de nuevo al pasillo, se dirigen hacia la salida, pero de repente, detrás de ellos aparecen dos hombres.

- ¿Cómo pretendes sacarlo de aquí, Ingrid? - Un hombre de tez morena la mira fijamente. Está acompañado de un enorme empleado de seguridad preparado para actuar en cualquier momento.

- ¿Qué le habéis hecho? ¡Monstruos!. - Ingrid está temblorosa, sabiéndose atrapada, aguantando las lágrimas que pugnan por salir.

- ¿Monstruos? Le hemos dado una mejor vida. Gracias a nosotros está en un plano superior de inteligencia y de utilización del cerebro.

- ¿Quién os ha dado derecho a hacer algo así? Él no lo ha pedido.

- Tenía un gran potencial pero estaba atrapado en una vida patética. Le hemos liberado.

- No tenéis derecho. ¡Dejadnos ir!

Ingrid prosigue su camino hacia la puerta de salida con Andrés todavía cogido de la mano. El empleado de seguridad se lanza hacia Ingrid, pasando junto a Andrés que no parece ser ninguna amenaza. Cuando está apunto de coger a Ingrid por el pelo, el empleado de seguridad se dobla con un grito seco. Andrés le ha propinado un fuerte codazo en el estómago. Antes de que se recupere el agredido, Andrés le coge la cabeza y la golpea con fuerza contra la pared. El empleado de seguridad, dejando una mancha de sangre en la pared blanca, cae al suelo poco a poco, prácticamente inconsciente.

Al traspasar la puerta de cristal blindada que da a los ascensores, se encuentran con dos empleados de seguridad apuntándoles con las pistolas.

- ¡Quietos! No os mováis.

- A mí me necesitan. - Andrés se interpone entre las armas e Ingrid y sigue andando hacia los ascensores.

- Quieto o dispararemos.

- Maldita sea. - Balbucea Ingrid, muy nerviosa y asustada

- Saldremos de aquí. - Andrés habla con seguridad, sin miedo.

Mientras Andrés sigue avanzando, un atronador disparo resuena en el pasillo. Los empleados de seguridad que hay ante Andrés no han disparado. Al girarse ve como Ingrid se lleva las manos al pecho, empapado de sangre y se desploma, incapaz de mantenerse en pié.

Detrás de Ingrid está el hombre de tez morena, con un arma en la mano, apuntando ahora a Andrés.

- ¡No! - Andrés se arrodilla junto a Ingrid que, mirándolo, exhala su último suspiro salpicando de gotitas de sangre el mono blanco de Andrés.

Un golpe seco en la nuca deja a Andrés inconsciente impidiendo toda reacción posible.

Llevadlo a la sala de tratamiento. Habrá que hacerle olvidar antes de que vuelva al trabajo.


[1] Un log es un fichero de texto donde quedan registradas las operaciones realizadas mediante alguna aplicación informática.

 

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